Para todos los que aún no habeis leido mi novela Juego de muñecas, aquí os dejo el primer capítulo (incompleto, jejeje) para que vayais haciendoos una idea
CAPITULO 1 – El sueño
Durante toda la mañana el sol había brillado de forma rabiosa en un cielo despejado abrasando cuanto tocaba. Sin perfumes ni matices que lo aliviasen, solo se podía respirar un calor que quemaba los pulmones y abatía los á...nimos. Únicamente las intrépidas chicharras con sus chirridos penetrantes anunciaban su presencia, pero al llegar la tarde, el viento que apareció de forma repentina lo cambió todo. Trajo unas nubes negras que iban cubriendo el cielo lentamente, tiñéndolo todo de un oscuro gris casi tenebroso y portando un silencio lúgubre a la zona. La humedad podía olerse y la temperatura bajó drásticamente, mientras que la gente parecía haber desaparecido de la ciudad como por obra de un maleficio. Cuando el cielo se oscureció por completo, el viento cesó como si hubiera terminado su labor.
Las muchachas estaban en una de las habitaciones rectangulares del primer piso, la que se hallaba al final del pasillo. Una enorme alfombra persa en colores rojizos tapizaba casi todo el suelo de mármol de aquella luminosa estancia no demasiado grande. Enfrente de la puerta había una gran ventana abierta y a su derecha, apoyado contra la esquina, un gran diván de terciopelo rojo y madera de nogal en el que ellas estaban sentadas lánguidamente ojeando las revistas de moda que le llegaban desde Paris a la madre de Jacinta.
Jacinta algo aburrida, de vez en cuando, desviaba la vista a la izquierda hacia una pequeña mesita hexagonal, con una gran pata torneada en el centro y miraba de pasada el candelabro de tres brazos con gruesos cirios blancos prácticamente sin estrenar que había sobre ella, mientras buscaba con aquellos ojos felinos el gran búcaro de cristal tallado y pie de plata lleno de calas. Le encantaban las calas. Eran sus flores favoritas.
Las jóvenes, envueltas por el delicado olor a jazmín y azahar proveniente del frasco de perfume de cristal tallado, colocado sobre la cómoda, pasaban la tarde tranquilas, maravilladas ante aquellas páginas repletas de ilustraciones de vestidos fastuosos que las hacían soñar con eternas noches de baile y lujo en locales nocturnos clandestinos de grandes ciudades.
- Jacinta, ¿tu madre tiene vestidos de estos?
– Sí Gracia, de vez en cuando encarga que le cosan alguno para ella, y cuado hay suerte, alguno para mí también.
– Que afortunada eres. – añadió María.
– ¿Y es alguno de los que salen aquí? – pregunto Ignacia intrigada.
– No, de esta revista no. Esta es muy nueva. – respondió Jacinta, que era la más alta de las cuatro.
– ¿Y habéis ido a alguna de esas fiestas nocturnas con ellos puestos? – preguntó Gracia emocionada.
– Mis padres dicen que soy demasiado joven para eso. – respondió Jacinta algo pesarosa.
Al pasar a la siguiente página, todo volvió a estar en silencio, callado. Ni tan siquiera se oía el ladrido de algún perro en la calle. Solo el murmullo de las páginas al pasarlas, y el silbido de la brisa acariciando los visillos, junto con el pequeño reloj de bronce que dejaba oír con fuerza el sonido de su tic-tac, tan grave que retumbaba entre las cuatro paredes, acompañaban a las jóvenes. Lo cierto es que aquel reloj resaltaban bastante sobre la gran cómoda de cuatro cajones situada contra la pared al lado derecho de la puerta, ya que el otro objeto que alojaba, era el pequeño frasco de perfume.
Al fondo a la izquierda, una librería de madera de raíz cubría toda la pared hasta el techo. En la parte inferior había ocho pequeñas puertas de medio metro de alto con incrustaciones en marquetería y la parte superior estaba rematada con cuatro arcos de medio punto con grandes hojas talladas. Estaba repleta de discos y grandes libros encuadernados en piel de colores rojizos y tierras.
El fresco se filtraba por los visillos de encaje blanco que cubrían solo la mitad de la gran ventana. Jacinta, con un vestido verde de corte recto y cintura baja que cubría sus largas piernas hasta las rodillas y disimulaba por completo las incipientes curvas de aquella voluptuosa adolescente, quiso animar el ambiente. Se levantó del diván donde estaba sentada con sus amigas y con una mirada pícara de sus enormes ojos verdes de gata, hizo un gracioso gesto con su nariz respingona. Se dirigió a la enorme librería que tenía enfrente, para buscar de entre los discos que estaban guardados la novedad musical que llegaba con fuerza desde Estados Unidos. Aquellos hipnóticos ojos resaltaban aún más con el flequillo negro de su pelo cortado a lo “garçon” y las finas cejas que dibujaban un gran arco.
– ¿Habéis oído lo último? Lo tengo aquí. – comentó Jacinta mientras repasaba los discos que tenía en el estante de enfrente.
Gracia se puso en pie animada y se encaminó hacia ella. Una sonrisa iluminaba su redonda cara pecosa mientras sus ojos pardos observaban la estantería.
– Jacinta Coello ¿de veras tienes algo ahí? – preguntó Gracia al colocarse al lado de su amiga para ayudarla a buscar. – ¡Caramba chica! Nunca dejas de sorprenderme. Vosotros siempre sois los primeros en conseguirlo todo. Como se nota que a tu padre le va bien la fábrica de muñecas, claro que no me extraña, ¡son tan bonitas…!
Jacinta afirmó con la cabeza al tiempo que seguía rebuscando con cuidado entre montañas de discos clasificados. No quería estropear nada.
Las otras muchachas estaban intrigadas. No sabían de que estaban hablando ninguna de las dos, pero las veían tan entusiasmadas buscando, que Ignacia se contagió del estado de ánimo. Por fin, Jacinta tomo un disco, lo levantó por encima de su cabeza y lo mostró triunfal mientras se giraba hacia el resto.
– ¡Aquí está!
Gracia se giró al mismo tiempo mirando el disco, mientras la animaba.
– Venga, ponlo. ¡Es fantástico! ¡Tiene un ritmo loco, vital!
– Ahora lo pongo, impaciente. Yo ya he aprendido a bailarlo, ¿y vosotras? - dijo Jacinta mientras preparaba el gramófono que estaba en el primer estante.
Con sus delicadas manos de alabastro desenroscó el tornillo de sujeción e introdujo la aguja hasta el fondo. Una vez comprobó su posición, volvió a enroscar el tornillo para sujetarla. Comenzó a darle vueltas a la manivela cobriza que sobresalía de la pequeña caja de madera de nogal labrada del gramófono. Su padre lo había traído de Suiza el verano pasado tras uno de sus viajes de negocios.
– No, yo no. ¿Nos vas a enseñar a bailarlo? –contestó Gracia algo distraída mientras contemplaba casi hipnotizada como giraba el disco en el gramófono.
Jacinta bajó la aguja latonada lentamente, acercándola con sumo cuidado al disco de baquelita, para finalizar colocando la gran tulipa de madera clara con marcadas vetas oscuras orientada hacia ellas. Parecía una flor, una gran campanilla mágica, por la que fluía toda clase de música. Las primeras notas vibrantes sacaron a Gracia de aquel trance.
Jacinta se puso de pie frente a sus amigas, dispuesta a bailar con quien fuera, o incluso sola si nadie se atrevía. Les hizo unas señas con las manos para que se levantaran y comenzó a mover la cabeza al compás de la bulliciosa música que inundó la habitación. Su pelo, como estaba tan corto, apenas se movía a pesar de que ella ya estaba bailando animadamente agitando los brazos arriba y abajo y lanzando la pierna adelante y atrás como si estuviera poseída.
María, que estaba sentada en un pequeño taburete bajo la ventana, recostada en la pared, se levantó y miró de reojo a las figuritas del reloj. Aquellos dos niños de bronce ennegrecido por el paso del tiempo y con algún brillo en las zonas más sobresalientes de la pieza, apenas estaban cubiertos con unas hojas de parra. Se apoyaban uno a cada lado de la esfera de cristal que protegía las agujas del reloj como si fueran los guardianes del tiempo. María, tras comprobar la hora se volvió y apoyó los codos en la repisa de la ventana, mientras dejaba su barbilla reposar sobre sus menudas manos entrelazadas. Su amplia falda gris antracita solo dejaba ver los botines de pequeño tacón y la camisa blanca, abotonada hasta casi la barbilla la obligaba a mantener el cuello un tanto rígido, ya que la puntilla que lo remataba era algo incomoda. Estaba pensativa y melancólica. No parecía interesada en aquella música loca, le preocupaban otras cosas. Su ropa era tan diferente a las de sus amigas como su estado de ánimo. Parecía que pertenecían a épocas distintas.
– Estoy segura que va a llover, ¿qué hacemos? – preguntó María sin ni siquiera girarse.
– Puedo enseñaros a bailarlo, es muy divertido.
– Sí Jacinta, eso sería genial, porque salir ahora a pasear… desde luego que no. Con el tiempo como esta... – replicó Ignacia haciéndose un hueco en la ventana para mirar el cielo encapotado.
Se reclinó sobre la repisa para mirar como los pájaros que volaban en bandadas, comenzaban a dibujar extrañas formas en el gris plomizo del cielo. Aquellos puntos negros, bajaban en oleadas hacia los árboles de la plaza con escandalosos y agudos sonidos lejanos y aterrizaban es sus ramas. Parecía que la música había despertado el ruido de la ciudad. Mientras contemplaban aquel espectáculo, de nuevo regresó el viento y comenzó a sentir frío. Apartó a María de la ventana para cerrarla y se dirigió a sus amigas.
– Venga, ¡a bailar! ¿Cómo es eso de las piernas, Jacinta? – preguntó Ignacia poniéndose al lado de su amiga para empezar a bailar.
María no parecía animarse, al contrario, cada vez estaba más pesarosa.
– No me gusta el aspecto que tiene el cielo. No me apetece quedarme si va a llover. Si no me voy antes de que empiece, de aquí a que llegue a mi casa, acabaré calada hasta los huesos. ¿Podríamos quedar otro día y Jacinta nos enseña?
– Yo aún no he aprendido a bailarlo. María, quédate y así somos dos parejas. – le rogó Ignacia.
María volvió a mirar el pequeño reloj y tras oír las tintineantes campanitas que anunciaban la hora, acabó de decidirse.
– ¡Ea, no se hable más, Ignacia! Yo me marcho a escape. No quiero que me coja la tormenta por el camino o acabaré calada hasta los huesos. De todas formas, tampoco habría podido quedarme mucho tiempo más. Ya sabéis que he de estar pronto en casa. A padre no le gusta que esté por ahí tan tarde.
Jacinta, la cogió por la muñeca y con una dulce sonrisa intentó persuadirla.
– ¡Venga María! ¡No seas mojigata! Las cosas han cambiado mucho y para mejor. Ahora somos más libres. Déjate llevar un poquito.
La voz de María cada vez tenía un tono más triste.
– No, que a padre no le gustan esas cosas. ¡Ni siquiera me dejó cortarme el pelo! ¡Y de maquillarme ni hablamos! Dice que esas modas son cosa del diablo para engañarnos y condenarnos al infierno, que las muchachas de bien no deben pintarse ni enseñar las piernas, ya que el buen paño en arcón se vende. Ni siquiera le gusta demasiado que me junte con vosotras porque piensa que tanta libertad se convierte en libertinaje. Tus padres son mucho más modernos. ¡Mírate! ¡No hay más que verte!
María la miró de arriba a bajo con una mezcla de pena y envidia. Jacinta era todo lo que ella querría. Moderna, con estudios, peinaba a la moda, llevaba siempre vestidos a la última, había viajado al extranjero, tenía una casa enorme con criados… en cambio ella no había salido nunca de aquel sitio, sus padres trabajaban en el campo y no tenían demasiado dinero. Conseguían lo justo para vivir y eran muy conservadores. El ser la mayor de siete hermanos suponía que debía de hacerse cargo de ellos y de la casa continuamente. A sus ojos marrones asomaron unas lágrimas que trató de ocultar mirando al suelo. Era consciente de que estaba viviendo un espejismo, que jamás llegaría a ese nivel. Sabía que cuando fuesen adultas, las mujeres de ese barrio la mirarían por encima del hombro, con desprecio, como si fuese un despojo. Ella nunca podría llegar a nada más. Apenas sabía leer y escribir, como sus padres. Conocía su futuro de antemano. Estaba condenada a sobrevivir del campo, casarse y tener hijos, o con suerte, a abandonar el campo para pasar a depender de los caprichos de una vieja ricachona que la quisiera tener de sirvienta en su casa. Siempre había sido así y lo tenían tan asumido que lo consideraba normal. Ni siquiera se les ocurría que podría haber otras opciones, que había otros oficios a parte de criada. Pero ella, gracias a sus amigas, había visto otras cosas, otro mundo… Siempre la habían tratado como a una igual, pero sabía que no lo era, no podía serlo, pero no se resignaba a su destino.
Jacinta no insistió más. No la iba a convencer, así que la abrazó y la acompañó a la puerta. Las dos bajaron las escaleras en silencio, despacio. A pesar que la alegre música las acompañaba, María no hallaba consuelo, le pesaba el alma.
Mientras se despedían en la puerta, Jacinta trató de animarla. Las gotas de lluvia comenzaron a caer pausadamente. Eran cada vez más gruesas y el cielo se ennegreció por completo de forma inquietante. Jacinta se quedó en la puerta observando a María, que con los brazos cruzados y mirando al suelo, aceleró el paso para llegar cuanto antes a las escaleras de un estrecho callejón que había al final de la calle. El empedrado de las calles se hacía cada vez más resbaladizo y aún le quedaba un buen trecho antes de llegar a su casa. Caminaba rápido, pero no corría porque temía perder el equilibrio y caer al suelo. Antes de llegar a algún sitio donde refugiarse, comenzó a llover más fuerte. El bajo de su amplia falda, que casi tocaba el suelo, comenzaba a mojarse con los charcos de la calle y su largo cabello castaño, recogido en una especie de moño alto, ya estaba muy mojado. El agua comenzaba a escurrir por algunos mechones de su pelo y corría por su nariz. Los botines negros de piel estaban empapados. No le quedó más remedio que echar a correr si no quería enfriarse y que todas sus ropas acabasen chorreando. El pequeño tacón de sus botines le hacía perder el equilibrio cada vez que pisaba entre los huecos del empedrado, pero no llegó a caer. Ya estaba acostumbrada a hacer equilibrios por aquellas calles. Medio tropezando y resbalando desapareció de la vista de Jacinta al final de la calle, bajo una cortina de lluvia.
Ignacia y Gracia seguían arriba, en aquella habitación empapelada en un tono claro con franjas verticales color Burdeos. Aquel papel daba la sensación de que el techo era más alto de lo normal. Escuchaban el nuevo ritmo y discutían sobre que hacer, porque a pesar de que les encantaba bailar, al ser solo tres personas, alguna tendría que quedarse sin pareja y mirar como lo hacían las otras dos.
– Bueno Ignacia, no pasa nada. Aunque María se haya ido y seamos solo tres, podríamos pedirle a Jacinta que nos deje maquillarnos con las cosas de su madre y bailar vestidas con trajes de noche. Podríamos hacer turnos si fuese necesario, aunque creo que no hace falta tener pareja para bailar el charlestón. Yo no sé bailarlo pero me parece que se puede bailar sola y te lo pasas de miedo.
En los ojos de Ignacia apareció una chispa traviesa al oír esa palabra y tuvo otra idea.
– Hablando de miedo, ¿por qué no hacemos espiritismo?
– ¿Estas loca? ¡Ni hablar! – respondió Gracia tajantemente.
Ignacia trató de convencerla para que accediese. Ella lo hizo una vez con una médium gitana en una feria que pasó por allí el año anterior y quería repetirlo. Le había gustado aquella experiencia tabú tan mística. Comentó lo emocionante que podía llegar a ser y como le impactó ver a aquella gitana que cambiaba la voz y se convulsionaba, para después acabar contando cosas sobre su pasado al llamar a los difuntos para que acudiesen a hablar con ella. Quería que los espíritus les contasen cosas de su futuro y para lograrlo estaba dispuesta a invocar a quien fuese imitando a aquella mujer, pero a Gracia todo aquello le daba miedo. Prefería bailar y no hacer cosas que no comprendía y prácticamente desconocía.
– Todo eso del espiritismo es una tontería, un fraude como lo de esas americanas. Creo que eran las hermanas Fox de Hydesville. Al final confesaron que esos ruidos que se oían los hacían ellas con el dedo pulgar del pie. Fue todo un escándalo, pero aún así aún hay gente como tú que se lo cree.
Gracia no deseaba hacer nada relacionado con el tema porque de hecho le asustaba la idea de que resultase cierto.
– ¡Carai Gracia! ¡Para no interesarte, estás muy informada! Yo ni había oído hablar de esas hermanas, pero eso debió ser en el siglo pasado por lo menos. Desde entonces hasta ahora se han hecho estudios y se ha perfeccionado la técnica. – replicó Ignacia tratando de persuadirla.
En cuanto Jacinta perdió de vista a María, cerró la puerta de la calle y subió bailando y tarareando la melodía que se escuchaba en el gramófono. Era su disco favorito y casi se lo sabía de memoria a pesar de ser bastante nuevo. Antes de poder entrar en aquella salita, sus amigas estaban esperándola, de pie, bajo el marco de la puerta, impacientes.
Ignacia tenía una gran sonrisa en los labios, y bastante emocionada le preguntó:
– Ya que somos solo tres ¿por qué no hacemos espiritismo en lugar de bailar desparejadas?
– ¿Espiritismo? – preguntó Jacinta un tanto intrigada.
– Sí, llamas a los difuntos y te dicen cosas de tu futuro. - Respondió Ignacia muy ilusionada.
– Bueno… puede ser divertido.
Ignacia casi se puso a saltar cuando al final accedió.
Jacinta nunca había hecho nada por el estilo, pero había oído algún que otro rumor, aunque siempre como algo prohibido, estimulando de esa forma su curiosidad.
Finalmente optaron por hacer una sesión de espiritismo, a pesar de la fuerte oposición de Gracia que no estaba de acuerdo.
– Yo prefiero marcharme a pesar de la lluvia, que quedarme aquí si hacéis algo de eso.
– ¿Por qué? – pregunto Jacinta.
– Todo eso son tonterías para engañar a los incautos y sacarles los cuartos. – contestó tajante Gracia.
– Pues quédate a comprobarlo. Aquí no vamos a cobrar. – añadió Jacinta.
– No se debe jugar con los difuntos.
– ¡Pero si no pasa nada! – replicó Ignacia.
– Seguro que eso es cosa del diablo, para que hagamos algo malo y nos condenemos.
En realidad a Gracia le asustaba mucho el tema.
– ¿Tienes miedo? – preguntó Ignacia.
– ¡Claro que no! – respondió Gracia tajante. – Es solo que hay cosas mejores que hacer que perder el tiempo con tonterías.
La insistencia de sus amigas no logró convencerla, sino ponerla más nerviosa. El tono de voz se iba elevando, la lluvia golpeaba los cristales y la música seguía sonando bastante alta en aquella habitación, causando aún más caos. Gracia ya no razonaba, le cambió hasta la voz. Se oponía, negando con la cabeza, a cualquier razonamiento. Finalmente se dieron por vencidas y dejaron de insistir.
– Está bien, si no quieres no te quedes, pero nosotras lo vamos a hacer. – concluyó Jacinta.
– Por lo menos ¿os podéis esperar a que yo me marche antes de empezar con eso?
Gracia ni siquiera deseaba estar en la casa si hacían algo así.
– Claro mujer. Te acompaño a la puerta.
– No hace falta, de verdad.
– Pues al menos llévate un paraguas. Llueve mucho.
– Está bien.
Jacinta entró en la habitación de sus padres y salió con un gran paraguas negro en la mano. Era el de su padre.
– Así podrás llegar a casa sin mojarse demasiado. – dijo Jacinta mostrándoselo.
Gracia lo cogió como si fuese un salvavidas y se despidió amistosamente de sus amigas.
– Bueno, nos vemos mañana. Divertíos.
Gracia no podía dejar de pensar en lo que querían hacer. Algo preocupada, comenzó a bajar las escaleras del primer piso bastante rápido y sin dejar de mirar al suelo. El paraguas era muy grande y debía tener cuidado para que no se metiera entre los barrotes de madera de la escalera. Mientras tanto, arriba, quitaron el candelabro de plata repujada con motivos vegetales y el búcaro de cristal, poniéndolos sobre la estantería, para mover la mesa. Entre las dos, levantaron un poco la mesa hexagonal y la pusieron en el centro de la sala, colocando el candelabro en un extremo de la mesa. Iban a encender las velas cuando escucharon que la puerta de abajo se cerraba. Se asomaron a la calle y comenzaron a llamarla y a dar golpecitos en el cristal de la ventana para despedirse de ella con la mano.
Una vez fuera, Gracia miró hacia arriba y las vio abriendo la ventana y sacando las manos por la ventana mientras agitaban pañuelos blancos. Al devolverles el saludo, se metieron dentro entre risas y alboroto, cerrando el cristal y continuando con la preparación. Había entrado algo de agua pero no hicieron mucho caso. Estaban demasiado emocionadas con lo que iban a hacer, para darse cuenta que aquel charquito empapaba la alfombra.
Las dos amigas, solas en la casa, encendieron las velas, apagaron la luz y detuvieron el gramófono sin guardar ni el disco ni la aguja. La luz era bastante escasa, pero querían crear un ambiente más misterioso. Pusieron un par de sillas y se sentaron alrededor de la mesa. Ignacia preparó un cartón grande en el que escribió los números del cero al nueve y el abecedario. Cogió un gran vaso de cristal que estaba junto a un jarro de agua y lo puso boca abajo sobre el cartón. Según iba haciendo esto, la tormenta arreció y los truenos retumbaban entre los edificios. Se hizo tan oscuro que parecía de noche y los relámpagos iluminaban el negruzco cielo con un resplandor azulado. La lluvia y el viento golpeaban con fuerza los cristales. La habitación estaba en penumbra y muy silenciosa salvo por las risas de las dos amigas y el estruendo de la tormenta.
– Antes de nada quiero coger mi muñeca de la suerte. – dijo Jacinta.
La joven se levantó y fue a oscuras hacia su habitación casi de puntillas. Recorrió el pasillo palpando las paredes sin encender ninguna luz. Conocía el camino perfectamente. La lluvia inundaba la casa con un murmullo inquietante. Abrió cuidadosamente la puerta de al lado, cogió la muñeca de porcelana de rizado cabello rubio y vestido blanco que tenía sobre la cama, la abrazó, entornó la puerta y regresó con Ignacia caminando con pequeños saltitos. Sentó a la muñeca a su lado en la mesa, la acomodó e hizo un gesto de consentimiento con la cabeza, entonces comenzaron.
Trataron de ponerse serias e Ignacia empezó a imitar a la médium de la feria. Procuraban aguantar la risa, pero no podían evitar que se les escapase alguna que otra risilla ahogada. Cogidas de la mano, cerraron los ojos e Ignacia comenzó a emitir sonidos. Jacinta entreabrió un solo ojo para ver a su amiga y las dos los abrieron, se miraron y comenzaron a reír a carcajadas. Cuando consiguieron calmarse, continuaron con aquello, pero esta vez sin abrir los ojos y minutos después de iniciar la sesión, el vaso se movió solo. Al principio eran movimientos muy lentos, casi imperceptibles. Iban de letra a letra formando un nombre extraño, y al completarlo, insistió de nuevo. Aquella palabra que parecía de un idioma extraño, se repitió una y otra vez, pero más rápido, y más, y más. El vaso raspaba el papel y ese sonido, que se les clavaba como alfileres, las hizo abrir los ojos. Las dos amigas miraron atónitas aquello. Con la boca abierta y los ojos como platos, se soltaron las manos despacio sin saber que hacer, y fueron plegando los brazos lentamente. Tenían los ojos clavados en el vaso que se movía sin cesar. Las letras se sucedían sin que el vaso llegase a parar en ningún momento. Al final, aquel sonido parecía un murmullo y el vaso llevaba un ritmo frenético, casi imposible de seguir, pero no cambiaba de palabra, siempre escribía lo mismo “Moloch”. Cayó al suelo descontrolado y se rompió en mil pedazos. Las dos jóvenes sobresaltadas, gritaron asustadas agarrándose al asiento. Se hizo un insoportable silencio en el que solo se oía el estruendo de los truenos y el insistente choque de la lluvia contra los cristales. Entonces, tras un terrible relámpago, el gramófono empezó a dar vueltas lentamente, pero solo giraba. A pesar de que no le habían dado más cuerda, el disco comenzó a moverse. Lentamente la aguja se posó sobre el disco, pero no sonaba ni una sola nota. Las dos amigas, aterradas volvieron la cabeza muy despacio hacia el gramófono. Aquel silencio tan pesado les producía una gran inquietud. Contemplaban paralizadas como giraba el disco en silencio, hasta que de pronto, una música muy alta, más de lo que se podía esperar, salió del aparato sobresaltándolas aún más. Saltaron de las sillas y terriblemente asustadas, se cogieron de las manos y trataron de salir corriendo de la habitación, pero las lámparas estallaron sobre sus cabezas, las velas se apagaron, las ventanas se abrieron violentamente golpeándose bruscamente contra las paredes y esparciendo los cristales por doquier y los muebles comenzaron a moverse impetuosamente cerrándoles el paso. La puerta se cerró con un gran portazo mientras los truenos ahogaban sus gritos y los relámpagos daban vida a las sombras que las envolvían. Miraron a su alrededor y todo era caos: sombras, gritos, golpes, ruidos estridentes, oscuridad... Los visillos mojados se zarandeaban de un lado a otro como tratando de atraparlas, mientras ellas esquivaban los obstáculos para llegar hasta la puerta, pero estaba cerrada. Mientras el viento y la lluvia las azotaban, trataban de salir empujando la puerta, estirando del pomo de manera histérica y dándole patadas, mientras lloraban enloquecidas, pero seguía sin abrirse. Derrotadas, se acurrucaron pegadas a la puerta y abrazadas se cubrían la cabeza mientras los objetos de la habitación volaban hacia ellas impactando sobre sus cuerpos. De entre las sombras vieron salir volando a la muñeca, que con la boca abierta, iba directa hacia ellas como si la hubiesen lanzado con rabia. Tras un último alarido agudo y desgarrador de Ignacia todo quedó en calma de nuevo. Minutos después, la lluvia comenzó a remitir y las nubes fueron desapareciendo como si tratasen de borrar cualquier rastro de lo ocurrido, dando paso a un inquietante silencio que inundó la casa.
Con las últimas luces del día llegaron los padres de Jacinta a la casa familiar. Se extrañaron de ver la reja negra del jardín entreabierta. Una vez en la puerta no pudieron entrar. Trataron de abrir con la llave, pero no conseguían meterla en la cerradura. Parecía que hubiesen cambiado la puerta. Extrañados miraban la llave y la puerta y volvían a intentarlo sin éxito una y otra vez. Llamaron a su hija por su nombre pero no recibieron respuesta, ni siquiera oyeron al perrillo que solía estar atado por el jardín. La inquietud comenzó a invadirles y comenzaron a golpear la puerta gritando su nombre. El silencio era espeso y turbador. Dieron una vuelta por la calle, preguntando a las pocas personas que encontraban por el camino. Nadie sabía nada de Jacinta. Al final encontraron al perro acurrucado en un rincón, temblando, con las orejas gachas y el rabo entre las patas. Estaba tan asustado que al principio no reconoció a sus amos. Había arrancado la cuerda que estaba atada a la caseta y se refugiaba en un portal. Le acariciaron tratando de tranquilizarlo. Cogieron la cuerda e intentaron hacer que regresara, pero no pudieron ni arrastrarlo. A pesar de ser tan pequeño no consiguieron moverlo de allí, así que no les quedó más remedio que llevarlo en brazos hasta la pequeña mansión.
De nuevo ante la puerta, fueron a meter la llave, pero esta vez se entreabrió sola. Ni siquiera llegaron a tocarla. Se miraron atónitos y empujaron la puerta observando el interior con una mezcla de angustia e intriga.
En el momento en que entraron, aquel perrillo comenzó a gimotear y aullar, revolviéndose muy nervioso. Gruñía, mostrando los dientes amenazadores y se retorcía para escapar, hasta que por fin, mordió el brazo de su amo y saltó de su regazo corriendo desesperadamente calle abajo. Sus dueños extrañados fueron tras él sujetándose los sombreros y llamándolo, pero aquel animal estaba aterrado. Corría arrastrando el trozo de cuerda que iba golpeando frenéticamente el suelo, hasta que se perdió de vista. Al ver que era inútil recuperarlo, regresaron al interior del edificio.
La casa estaba fría, muy fría, hasta tal punto que levantaron los cuellos de sus chaquetas para abrigarse. Subieron las escaleras llamando a su hija, pero nadie contestó. Entraron en la habitación de Jacinta pero no encontraron a nadie. Todo estaba en orden, ni siquiera estaba la ventaba abierta, así que cerraron la puerta. Entonces entraron en las demás habitaciones y al llegar a la salita que estaba al final del pasillo, hallaron los muebles destrozados y todo revuelto. Desconcertados salieron de allí, cerrando la puerta para no ver aquel caos, y siguieron buscando ansiosamente en el otro piso, pero no había ni rastro. Gritaban su nombre y abrían angustiados cada una de las puertas que encontraban a su paso. Se sentían desolados y desesperados. Sus lágrimas ahogaban cualquier indicio de esperanza. Mientras regresaban a la planta baja trastornados, al pasar por la puerta del fondo del primer piso, oyeron un lejano ruido, como un oleaje y comenzaron a sentir una ligera brisa gélida. Se quedaron atónitos. Aquel fantasmal aliento parecía provenir de entre las rendijas de la puerta de la salita destrozada del fondo del pasillo. Se giraron inquietos en busca de una puerta o ventana abierta pero no vieron nada. El ruido se hizo más fuerte y cercano, como el que producía un río que rompe contra las rocas, y la brisa que antes apenas se percibía, se transformó en viento fuerte, casi huracanado que sacudía sus ropas y se llevó sus sombreros, agitando sus cabellos con violencia. Sus ojos llenos de pánico no podían abriese más, pero estaban paralizados por el miedo y no eran capaces de moverse. Finalmente reaccionaron y bajaron las escaleras despavoridos, agarrándose al pasamanos y mirando atrás mientras oían el agua correr a sus espaldas aunque no la veían. Salieron del edificio cerrando la puerta de la calle de un portazo. Se quedaron allí de pie atónitos, en frente de la puerta de entrada. Estaban desconcertados y sin saber que hacer. Escucharon como el agua chocaba contra la puerta y observaron boquiabiertos como el viento la movía, intentando abrirla desde dentro. Cada vez era más violento. Se cogieron de la mano con fuerza y con una mirada de terror clavada en la puerta que crujía, observaron como parecía ceder. La mujer gritó abrazando a su marido fuertemente y apoyándose en su hombro mientras se tapaba los ojos con una de sus manos enguantada. En ese mismo instante la puerta cedió con un gran crujido y se abrió de par en par, golpeándoles una ráfaga de viento huracanada que les tiró al suelo y les arrastró unos metros como si de unos muñecos de trapo se tratase.
Un blog de Elena Fortanet donde poder leer poesía, microrrelatos, relatos cortos, capítulos de novelas... (y encontrar más cosillas...)
Blogs, blogs, y más blogs. Parece que todo el que tiene algo que decir posee uno, así que vamos a entrar en este mundillo blogero. Soy Elena Fortanet y me encanta escribir (entre otras cosas) Aquí iré colgando poesías, microrrelatos, algún capítulo de las novelas... cosillas que espero que os gusten.
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